Gestos, palabras y desafíos para la educación luego del jubileo – Papa Francisco
El 6 de enero de 2026, fiesta de la Epifanía del Señor, el Papa León XIV, al cerrar la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro, concluyó el Jubileo de la Esperanza. Todos recordamos la imagen del Papa Francisco iniciando este tiempo santo, golpeando la puerta desde su silla de ruedas y confirmando con un solo acto cada palabra que nos regaló durante su pontificado. El amor, la fe y la esperanza hilvanaron así un hecho histórico: dos Papas en un mismo Jubileo.

Al iniciar el Año Santo el Papa Francisco nos decía: “Todos nosotros tenemos el don y la tarea de llevar esperanza allí donde se ha perdido; allí donde la vida está herida, en las expectativas traicionadas, en los sueños rotos, en los fracasos que destrozan el corazón; en el cansancio de quien no puede más, en la soledad amarga de quien se siente derrotado, en el sufrimiento que devasta el alma; en los días largos y vacíos de los presos, en las habitaciones estrechas y frías de los pobres, en los lugares profanados por la guerra y la violencia. Llevar esperanza allí, sembrar esperanza allí”.
¡Cuánto sabe la escuela de heridas, de expectativas traicionadas, de sueños rotos! Y cuánto sabemos nosotros del desafío de convertirnos en restauradores de esperanza. En un tiempo cada vez más complejo y artificial, confirmamos que nuestra presencia en el mundo es similar a la de un artesano: una realidad que se construye pacientemente día a día con cada niño, niña y joven que ingresa a nuestras comunidades, con cada docente que busca un espacio donde hacer florecer su vocación, amando profundamente la arcilla que tenemos en nuestras manos.
La escuela nace cada día como un gesto obstinado de esperanza. Ante una sociedad descartable y frívola, estamos llamados encarnar este mensaje. El Papa Francisco nos animaba a no tener miedo, y partiendo de nuestras fragilidades y sosteniendo en el pecho todas las historias que la escuela cobija cotidianamente, a caminar juntos. Emocionar ver cuántas escuelas que, en medio de conflictos y guerras, fueron, son y seguirán siendo usinas de esperanza y faros de fraternidad, representando para millones de personas, una nueva oportunidad, reconstruyendo subjetividades y dando sentido a tantas vidas que a veces caen en estructuras de soledad y de angustia.
La revisión de nuestras prácticas institucionales nos invita a evaluar los modos de construir el hecho educativo, a discernir nuestro lugar en la sociedad y a reconocernos dóciles al amor de Dios que se hace experiencia en la escuela. A veces ante la posibilidad de vivir el júbilo que nace del encuentro con Jesús, Divino Maestro, optamos por otros senderos y perdemos el norte, confundimos el horizonte de nuestra identidad, creemos que avanzamos cuando en realidad solo estamos sostenidos en el tiempo caminando en círculo, sin cambio ni conversión. Volvamos a Cristo, démosle lugar al Evangelio y no solo a modas pedagógicas a veces vacías de sentido.
El 12 de febrero de 2025, el Papa Francisco tuvo su última audiencia general en el Aula Pablo VI. Su salud ya evidenciaba una mayor debilidad. En ese espacio de catequesis nos dijo que “Dios, que entra en la historia, no desestabiliza las estructuras del mundo, sino que quiere iluminarlas y recrearlas desde dentro”. Cuánta potencia encierra esta expresión y cuán iluminadora resulta para quienes transitamos la escuela. Muchas veces nuestra primera, y tal vez única intención es desestabilizar estructuras, creyendo que al ponerlas en tensión todo cambiará para mejor. Cuántas familias, estudiantes, hasta educadores, solo tienen por objetivo quitar toda estabilidad a los proyectos institucionales, generar discordia y sembrar cizaña, en lugar de libremente buscar otro espacio, otro camino si no ven posible la pertenencia afectiva y efectiva al espacio en el que están. Francisco nos recuerda que no es así: la presencia de Dios ilumina y recrea, pero desde dentro. Pienso también en las estructuras eclesiales al servicio de la educación, tanto diocesanas como congregacionales, donde a veces creemos que, dinamitando esquemas o simplemente cambiándoles el nombre, lograremos una conversión educativa. Iluminar y recrear desde dentro: esa es la clave. Más que nunca debemos dejar que Dios sea Dios en medio de nuestras comunidades educativas y no querer reemplazarlo.
Nuestra vivencia del tiempo jubilar debería habernos conducido a la reflexión y a la introspección de los procesos educativos para que, iluminados por el Evangelio, podamos recrearlos desde la interioridad misma de las estructuras, fruto de la vida de tantas personas que sostienen los espacios que animamos, gestionamos y acompañamos. El Jubileo nos deja así una invitación preciosa: no “patear el tablero” caprichosamente, sino convertirnos en luz e instrumentos de conversión, tanto en los grandes procesos como en lo pequeño y cotidiano, en los vínculos entre colegas, con las familias y, especialmente, con los estudiantes, desde los más pequeños hasta los más grandes. No desestabilizar ambientes, proyectos o sueños, sino iluminar desde la fe la vida misma.

Y así llegó la Resurrección en tiempo de jubileo. ¿Cómo olvidar ese momento en que el mundo entero, desde la tierra y el cielo, miró con atención, amor y admiración el balcón de San Pedro? El Domingo de Pascua, 20 de abril de 2025, el Papa Francisco nos bendecía por última vez. Más que quedarnos con palabras, nos quedamos con imágenes, gestos y testimonios. La imagen de reconocernos frágiles y de pensar cada proceso pedagógico-pastoral desde esa realidad.
A veces la escuela se reviste innecesariamente de cierto mesianismo educativo que no siempre conduce a buenos senderos, queriendo sin mala intención salvarlo todo. Una pequeña cuota de esa actitud puede animar y dar valor a lo cotidiano, pero no es el fin último. Ver a Francisco deseando bendecirnos, quizá por última vez, nos coloca ante una pregunta tan simple como profunda: ¿cómo queremos finalizar nuestro camino por la escuela?, ¿cómo deseamos despedirnos?
Hay quienes creen que todo existe gracias a ellos, y eso no hace bien ni a unos ni a otros. Lo valioso es sabernos con otros, en otros y para otros. Y eso Francisco lo expresó hasta el final. Pensar cómo seremos recordados, sin caer en expresiones que terminan siendo filtros de una realidad inexistente, es un desafío enorme. Se trata entonces de tejer la pedagogía del recuerdo. En tiempos de inmediatez y fácil reemplazo, nuestro modo de habitar la escuela requiere un discernimiento constante y profundo. Si nos embarcamos en ese camino, podremos decir que hemos vivido el Jubileo de la Esperanza con verdadera hondura y sabiduría.
David A. Brandán




